Ariel Montoya Saludo
Ariel Montoya Saludo
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Ariel Montoya. Segunda Parte. El exilio como trinchera: la lucidez del que se niega a olvidar

Parte 2  de la entrevista: "El exilio como trinchera: el lastre de la patria y la lucidez del que se niega a olvidar"

6-Usted es también periodista. Fundó la revista Decenio y ha sido columnista internacional. En un país donde la prensa independiente ha sido desmantelada sistemáticamente y donde el régimen ha convertido la palabra en un delito, ¿qué responsabilidad tienen los periodistas exiliados? ¿Deben limitarse a denunciar o también les corresponde mostrar las grietas por donde aún puede entrar la esperanza? ¿O ya no quedan grietas?

Sí existen grietas, y muchas. Esta pregunta se relaciona estrechamente con la anterior.

En los regímenes totalitarios únicamente sobrevive la prensa oficial, subordinada al aparato del Estado. En Nicaragua prácticamente no existe prensa independiente dentro del país, salvo aquellos espacios que se limitan a informar sobre deportes, el estado del tiempo o sucesos que no cuestionen al poder político, implacable con la censura.

Históricamente, buena parte de la prensa internacional también ha contribuido a construir la imagen de determinados líderes autoritarios, presentándolos como figuras heroicas cuando la realidad terminó demostrando lo contrario.

El periodismo debe comprender que su función esencial es informar. Mientras más independiente sea del poder político y de los intereses económicos, mayor será su aporte a la sociedad. Uno de los grandes desafíos para las nuevas generaciones de periodistas nicaragüenses será consolidar un ejercicio profesional verdaderamente libre, responsable y ajeno a cualquier forma de subordinación.

En el exilio, el periodismo ha debido reinventarse. Ha conocido el aislamiento, la precariedad y la marginación. Solo un grupo reducido de periodistas logra vivir exclusivamente de esta profesión. Muchos otros sobreviven gracias a distintos programas de apoyo internacional o desempeñando trabajos ajenos al periodismo para sostener a sus familias.

Esa también es una de las tragedias silenciosas del exilio: la de quienes continúan ejerciendo el periodismo por vocación, aun cuando las circunstancias les obligan a reconstruir su vida lejos de su país.


7-Hablemos de Ligero Equipaje, su nuevo poemario. Quienes le conocen saben que la poesía no es un pasatiempo para usted, sino una trinchera distinta. ¿Cómo se escribe poesía cuando se llevan sobre los hombros la fundación de partidos, las negociaciones políticas y las derrotas electorales? ¿Es la poesía el lugar donde, por fin, se quita el traje de político y se desnuda por completo?

El poeta no tiene conflictos con el oficio o la ocupación de cada persona. Hay poetas en todas las disciplinas de la vida humana. Hay poetas que escriben sobre el policía triste, como Manolo Cuadra.

La poesía no tiene horarios, ni fechas en el calendario, ni está sujeta a estaciones oficiales. El poeta es un cronista de la vida y de la muerte; del amor abrasador, de la desesperación y del olvido. Es el gran conciliador de las tormentas sentimentales y el domador del desdén y de la ternura. En esos territorios no penetran las estadísticas oficiales ni las urgencias de la cotidianidad.

De toda esa amalgama nacen los versos y, sin tapujos ni vergüenza, el poeta da fe y testimonio ante el mundo. El poeta es, en definitiva, el héroe del silencio.

Se puede dar clases, ejercer la medicina en un hospital, alistarse en la milicia, combatir en un frente de guerra, cultivar la tierra o servir copas en una taberna y, al mismo tiempo, escribir poesía.

Hay un dato interesante: desde hace varios años las grandes casas editoriales prácticamente dejaron de publicar poesía. ¿Qué ocurrió entonces? Surgieron miles de pequeñas editoriales, sellos independientes y múltiples plataformas digitales, entre ellas Amazon, que hoy funciona como una inmensa imprenta mundial.

La poesía también ha sabido reinventarse. Estoy convencido de que será la gran vocera —y la última cantora— del ser humano sobre la faz de la Tierra, incluso si algún día nuestra especie llegara a extinguirse.

 

 

 


8-Usted fue canciller de la Academia Norteamericana de Literatura Moderna. Hay algo en su biografía que revela una profunda vocación humanista, aparentemente en tensión con el pragmatismo de la política. ¿Es posible seguir creyendo en la cultura como herramienta de transformación en un país donde los poetas son perseguidos y las universidades han sido sometidas por el Estado? ¿O la cultura se ha convertido apenas en un refugio para quienes ya perdieron la fe en la política?

Mi experiencia como canciller de la Academia Norteamericana de Literatura Moderna de la Florida fue muy positiva y estuvo marcada por un intenso trabajo cultural dentro del ámbito literario de Miami.

En una ocasión viajé junto con la directiva a la Biblioteca del Congreso en Washington, para participar en un evento académico. La Academia mantiene una permanente labor de difusión de la obra de José Martí y organiza cada año actividades en su honor.

En 2019 participé en una de esas celebraciones, realizada en la hermosa Biblioteca Pública de Coral Gables, donde tuve la oportunidad de disertar sobre la relación intelectual y afectiva entre el Apóstol cubano, José Martí, y nuestro gran poeta Rubén Darío.

Dentro de la Academia existe un alto nivel de exigencia, disciplina y rigor estético, impulsado por su presidenta, Rosalía de la Soledad, así como por distinguidas personalidades de las letras, entre ellas la poeta Olga Muñoz y otros valiosos escritores.

Mi participación en la política nunca ha entrado en conflicto con mi vocación poética y cultural. Considero que ambas actividades persiguen un mismo propósito: contribuir al bienestar espiritual de las personas y al desarrollo de la sociedad.

Cuando hablo de política, me refiero a su dimensión ética y de servicio público, no a la corrupción ni a las prácticas de quienes utilizan los partidos políticos para beneficio personal.

No debemos olvidar que, en la antigüedad grecorromana, tanto el maestro como el político eran considerados servidores de la comunidad y auténticos apóstoles del bien común. Esa sigue siendo, a mi juicio, la esencia de ambas vocaciones.


9-Le voy a pedir un ejercicio de memoria doloroso. Usted nació en Nicaragua en 1964. Ha visto pasar la revolución sandinista, la derrota electoral de 1990, el retorno de Daniel Ortega al poder mediante el pacto con Arnoldo Alemán, el fraude de 2011 y la represión de 2018. ¿En qué momento dejó de creer que Nicaragua podía ser rescatada desde dentro y comprendió que su destino sería hablar desde el exilio con la autoridad moral de quien ya no tiene nada que perder?

En la vida, incluso las tormentas terminan. Estoy convencido de que esta larga pesadilla social también se acerca a su final.

Nunca he perdido la esperanza de que Nicaragua llegue a tener un Estado administrado con eficiencia, transparencia y ética; un país donde sus instituciones, sus poderes públicos, sus alcaldías, su servicio diplomático y toda la administración pública actúen con responsabilidad y decencia.

Adecentar, transparentar y modernizar la gestión pública constituye uno de los mayores desafíos de los gobiernos que sucedan al régimen sandinista, tanto durante la transición como en la etapa democrática que deberá consolidarse posteriormente.

Daniel Ortega y el Frente Sandinista recibieron, durante los primeros años de la revolución, el respaldo de buena parte de la intelectualidad, de numerosos profesionales, empresarios, artistas y escritores. Muchos aceptaron sin cuestionamientos las decisiones de la Dirección Nacional y asumieron como propia la consigna de: “Dirección Nacional, ordene”.

Se cometieron enormes errores, pero muy pocas voces se atrevieron entonces a criticarlos. No recuerdo un poema de Ernesto Cardenal dedicado a los centenares de jóvenes enviados a una guerra que no les pertenecía, ni una canción de Carlos Mejía Godoy denunciando aquel sacrificio humano. Como solemos decir los nicaragüenses, ese silencio “chorrea sangre”.

Yo fui reclutado contra mi voluntad para cumplir el Servicio Militar Patriótico. Muchos jóvenes aceptaron porque era la única manera de continuar sus estudios; otros lo hicieron convencidos por la propaganda oficial.

Después de varios intentos logré desertar y, con la ayuda de mi padre y amigos, escapé hacia Guatemala utilizando un pasaporte con identidad distinta, ahora puedo decirlo con orgullo y nostalgia: dejé mi país con un pasaporte cuyo nombre era Fausto Felipe Garzón Ruiz. Ese nombre por años me ha acompañado, ha sido, parafraseando a Borges, mi otro yo; el mismo.

También intenté emigrar a España, aunque las condiciones de la guerra y los controles del régimen hicieron imposible ese proyecto.

Aquella experiencia marcó profundamente mi identidad como migrante y, años después, volvió a repetirse con este segundo exilio.

Comprendí que la lucha por la libertad y la democracia no puede depender de improvisaciones ni de impulsos pasajeros, sino de procesos constantes, perseverantes y sostenidos en el tiempo.

Estoy convencido de que, cuando Nicaragua vuelva a ser gobernada por la paz, la libertad y la decencia, aprenderemos también a proteger esos valores para que nunca más vuelvan a perderse.

Tengo la certeza de que el regreso, la reconstrucción nacional y la reconciliación democrática forman parte de un mismo horizonte. Es una tarea que deberá realizar todo el pueblo nicaragüense, tanto quienes resistieron dentro del país como quienes continuamos luchando desde la diáspora.

Esa esperanza, que tantas veces ha sido cantada por los poetas, deberá convertirse también en una realidad construida desde la política, mediante instituciones éticas, capaces y comprometidas con devolverles a los nicaragüenses la libertad, la dignidad y los sueños.

10-Si le dijera que dentro de cinco años Nicaragua sigue bajo el régimen orteguista, pero su poesía ha llegado a los jóvenes que aún sueñan con una nueva primavera, ¿se daría por satisfecho? O, al revés, ¿prefiere seguir siendo el político incómodo, el que incomoda a la dictadura, pero también a sus propios aliados, aunque eso signifique no volver a ver su país hasta que el cuerpo le pida tierra?

No quiero ser un optimista irresponsable ni un impostor que prometa tiempos felices por simple voluntarismo. De eso ya hemos tenido demasiado desde la Conquista hasta nuestros días.

Lo que sí puedo afirmar es que Nicaragua, al igual que otros países sometidos durante décadas por regímenes de inspiración estalinista, se acerca al final de una larga etapa de sufrimiento. Ellos lo saben: el tirano, sus secuaces, sus testaferros y quienes han sostenido esa estructura de poder.

El sueño de tantos jóvenes, el llanto de las madres que perdieron a sus hijos en la guerra o durante las marchas en Managua y otras ciudades, el dolor de las esposas y familias de quienes fueron asesinados por la represión, no puede quedar sin respuesta. Ese sacrificio deberá encontrar su recompensa en una nueva etapa para Nicaragua.

Las nuevas generaciones tendrán el deber no solo de reconstruir el país, sino también de aprender a defender la democracia como un sistema imperfecto, pero indispensable para garantizar la libertad, la justicia y la posibilidad de que cada ciudadano pueda realizar sus sueños.

Nadie debería tener el derecho de arrebatarle a otro su futuro.
Confío en que llegará el momento en que Nicaragua pueda reconciliarse consigo misma y abrir un tiempo de paz, prosperidad y libertad. Ese es el compromiso que asumo tanto desde la política como desde la poesía. Si alguna de las dos logra sembrar esperanza en las nuevas generaciones, sentiré que el esfuerzo habrá valido la pena.

La entrevista concluye sin que apaguemos las grabadoras de inmediato.

Ariel Montoya da la última calada a un buen puro cosechado en su tierra y observa el horizonte de Miami, que lentamente se tiñe de naranja. No es el horizonte de Managua, pero se ha convertido en su observatorio desde el exilio.

Entonces deja por un momento la política. Me habla de su madre, de las cartas que todavía escribe a mano y de la culpa que aún siente por no haber podido asistir al funeral de un amigo asesinado durante la represión de 2018.

Por un instante desaparece el dirigente político. Queda solamente el hombre.

Cuando le pregunto por el significado del título de su poemario, Ligero Equipaje, responde con una frase que resume su trayectoria literaria y política:

«Ligero equipaje es lo que te queda cuando entiendes que quizá no vas a volver, pero decides que tu voz, al menos, no será parte del cargamento que se hunde».

Nos levantamos.

No hay abrazo de despedida, porque el exilio también enseña a medir las distancias.

Me entrega el libro con una dedicatoria escrita en esa caligrafía de periodista de otra época:

«Para que no olvides que la patria no es un lugar. Es un compromiso».

Salgo a la noche de Miami.

Enciendo la radio del automóvil. Hablan de Nicaragua como si fuera una noticia más del día. Pero yo acabo de pasar dos horas con un hombre que se niega a aceptar que su país sea solamente un titular pasajero.

Mientras conduzco, pienso que quizá el verdadero peso de su Ligero Equipaje no sea el del exilio, ni el de la política, ni siquiera el de la poesía.

Es, sobre todo, la obstinación de recordar.

 

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