Hay una frase que escuchamos tantas veces que puede terminar perdiendo su significado: “Las cosas siempre se han hecho así.” Y, sin embargo, detrás de esa frase quizá se esconda uno de los mayores obstáculos para cambiar cualquier cosa.
Porque muchas de las transformaciones que hoy consideramos normales comenzaron precisamente cuando alguien decidió no aceptar que las cosas tenían que seguir siendo de aquella manera.
Alguien imaginó otra forma de hacerlas.
Me interesa mucho pensar en eso. En esa persona que, antes de tener una respuesta, tuvo una pregunta. En quien observó una realidad y pensó que podía ser diferente. En quien escuchó que algo era imposible y, en lugar de detenerse, comenzó a preguntarse cómo podría conseguirlo.
No siempre fueron grandes revoluciones. A veces los cambios comienzan de una manera mucho más silenciosa.
Una persona decide estudiar algo que nadie esperaba de ella. Alguien cambia una tradición familiar. Otra persona crea un proyecto que no existía. Un escritor decide contar una historia desde un punto de vista diferente. Un periodista hace una pregunta que nadie había querido hacer. Un artista rompe con una forma establecida de crear.
Y de pronto, aquello que parecía extraño comienza a convertirse en una posibilidad.
Creo que imaginar es una de las formas más poderosas de libertad que tenemos. Porque antes de construir algo nuevo necesitamos ser capaces de verlo en nuestra mente.
El problema es que muchas veces dejamos de imaginar demasiado pronto.
Nos acostumbramos a las respuestas de los demás. A los límites que alguien estableció antes de nosotros. A las ideas que heredamos. A pensar que determinada edad, profesión, lugar o circunstancia determina hasta dónde podemos llegar.
Y quizá no sea así.
La historia está llena de personas que fueron consideradas ingenuas, exageradas o incluso imposibles de comprender porque estaban mirando hacia un lugar que los demás todavía no podían ver.
Pero también hay algo importante que debemos recordar: imaginar diferente no significa pensar que siempre tenemos razón. Significa permitirnos cuestionar, aprender, equivocarnos y buscar otra posibilidad.
Por eso creo que una sociedad necesita personas que todavía sepan imaginar.
Personas capaces de preguntar “¿por qué no?”, incluso cuando todos los demás ya están acostumbrados a decir “porque siempre ha sido así”.
Necesitamos escritores que imaginen otras historias, artistas que encuentren nuevas formas de expresarse, científicos que hagan preguntas difíciles, periodistas que no se conformen con la primera respuesta y ciudadanos que puedan imaginar una sociedad un poco más justa, más humana y más abierta.
Pero también necesitamos esa capacidad en nuestra vida cotidiana.
Porque quizá no podamos cambiar el mundo entero, pero sí podemos cambiar la pequeña parte del mundo que nos corresponde.
Podemos imaginar una relación diferente. Una profesión diferente. Una manera diferente de educar a nuestros hijos. Una forma diferente de comunicarnos. Incluso una versión diferente de nosotros mismos.
Y algunas veces, eso es suficiente para comenzar.
No sé si todas las ideas que imaginamos llegarán algún día a convertirse en realidad. Probablemente muchas no lo harán. Pero eso no significa que hayan sido inútiles. Algunas ideas simplemente vienen a mostrarnos que existe otra posibilidad.
Y quizá ahí esté la verdadera importancia de imaginar.
Porque antes de que alguien construyera aquello que hoy consideramos posible, tuvo que existir alguien dispuesto a imaginarlo cuando todavía parecía imposible.
Por eso, querido lector, no tengamos tanta prisa por abandonar nuestras ideas solamente porque otros todavía no pueden verlas.
Quizá no necesitamos que todo el mundo comprenda lo que imaginamos.
Quizá, algunas veces, basta con que nosotros tengamos el valor de imaginarlo primero.
Porque el mundo no cambia solamente cuando alguien encuentra una solución. También cambia cuando alguien se atreve, por primera vez, a imaginar que puede existir otra manera.
