Las necesarias clínicas de rehabilitación de drogas.

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    Las drogas son un problema en las sociedades modernas en las que vivimos, aunque no siempre por los motivos que piensa la mayoría de gente. Sí, es evidente que una persona adicta al alcohol, a la cocaína, a la marihuana o a drogas igualmente peligrosas tiene un problema, uno que afecta de manera muy directa y muy dolorosa, primero, al adicto o a la adicta en sí; y segundo, a su entorno cercano: familia, amigos, pareja, compañeros de trabajo... Es algo que hay que tratar. Es un problema, pero un problema con solución. Pero no, y lo repito: no estoy diciendo que las drogas sean un problema por eso, o no solo por eso que ya es bastante, sino que entran en juego dos factores más: la falta de empatía y la incomprensión. Las personas adictas se consideran parias sociales en muchos aspectos, y, como tal, no se les presta la ayuda que merecen. Mucha gente, la mayoría afortunados y afortunadas que no han tenido que pasar nunca por las penurias de una adicción y de la depresión o la ansiedad que suelen ser los detonantes, cree que no hay gran diferencia entre un ladrón y un mentiroso, y un adicto o adicta a la cocaína o al alcohol. ¿Pero cuántos de nosotros bebemos, en realidad?

    La hipocresía, la carencia absoluta de altruismo y el exceso de comodidad personal provocan que veamos que el camino más fácil sea no prestar ayuda a estas personas. Pero la merecen, como merecen saber que existen en España, así como en el resto de países del mundo, clínicas de rehabilitación de drogas. Unos centros que sí que están conformados por personal cualificado y formado, entendiendo como tal no solo expertos en el tratamiento psicológico de las adicciones, sino también personas, personas de verdad. Se preguntarán qué podemos entender como personas de verdad, pero, si reflexionan sobre lo expuesto, verán que lo saben. Una persona de verdad es aquella capaz de sentir compasión hacia el prójimo y también de prestarle ayuda cuando más la necesita. Una vez más, me complace ser consciente de que un centro de rehabilitación tiene trabajadores y trabajadoras que se acogen a esa norma ética y espiritual. Si a eso le sumamos un equipo novedoso, un entorno agradable y programas de rehabilitación eficaces, creo que pocas personas habrá que se atreven a negar el bien que hacen estos centros.

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